El cerebro puede ser entrenado en la compasión, según muestra un estudio

Universidad de Madison Wisconsin

22 de mayo de 2013

 

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Hasta ahora, se sabía muy poco científicamente sobre el potencial humano para cultivar la compasión – el estado emocional para cuidar a las personas que están sufriendo, de una forma que motive el comportamiento altruista.

Un nuevo estudio realizado por investigadores del Centro de Investigación de las Mentes Saludables en el Centro Waisman de la Universidad de Wisconsin-Madison muestra que los adultos pueden ser entrenados para ser más compasivos. El informe, recientemente publicado en la revista Psychological Science, es el primero en investigar si la formación de adultos en la compasión puede dar lugar a una mayor conducta altruista y cambios relacionados en los sistemas neuronales que subyacen a la compasión.

“Nuestra pregunta fundamental fue: ‘¿Puede la compasión ser ejercitada y ser aprendida por los adultos? ¿Podemos ser más solidarios, si practicamos esa forma de pensar?’”, dice Helen Weng, autora principal del estudio y estudiante de postgrado en psicología clínica. “La evidencia apunta a que sí.”

En el estudio, los investigadores capacitaron a jóvenes que participaron en la meditación de la compasión, mediante una técnica tradicional budista de meditación para incrementar los sentimientos de cuidado por aquellas personas que están sufriendo. En la meditación, los participantes estaban visualizando por un momento a alguien que estaba sufriendo, y a continuación deseaban que su sufrimiento fuera aliviado. Se repetían frases para ayudarles a centrarse en la compasión, tales como “Que seas libre del sufrimiento. Que puedas tener alegría y bienestar.”

Los participantes practicaron con cuatro categorías diferentes de personas. En primer lugar, se concentraron en enviar pensamientos compasivos a alguien por quien fácilmente sentían compasión, como un amigo o un familiar querido. En segundo lugar, practicaban la compasión y el perdón hacia ellos mismos. En tercer lugar, se concentraron en un extraño al azar o en un grupo de personas que estaban sufriendo. Por último, practicaban la compasión por alguien con quien tenían un conflicto o a quien consideraban como una “persona difícil”, como por ejemplo un compañero de trabajo problemático o un compañero de habitación. “Es como un entrenamiento con pesas”, dice Weng. “Al utilizar este enfoque sistemático, encontramos que la gente puede construir el ‘músculo’ de la compasión y responder a los sufrimientos de los demás con atención y con el deseo de ayudar.”

El entrenamiento de la compasión fue comparado con un grupo de control, que aprendió una técnica para la reevaluación cognitiva, donde la gente aprende a replantear sus pensamientos para sentirse menos negativos. Ambos grupos escucharon las instrucciones de audio guiadas, a través de Internet durante 30 minutos cada día, durante dos semanas. “Queríamos investigar si la gente podría empezar a cambiar sus hábitos emocionales en un período relativamente corto de tiempo”, dice Weng.

El verdadero test para saber si la compasión podría ser ejercitada, era ver si la gente podría mostrarse más altruista –aún ayudando a la gente que nunca antes habían conocido. Esto se logró pidiendo a los participantes que jugaran un juego llamado “Juego de Redistribución” en la que se les dio la oportunidad de gastar su propio dinero para ayudar a alguien que lo necesitaba.

Los participantes jugaron el juego de la redistribución a través de la Internet, con dos jugadores anónimos: uno se llamaba “Dictador” y el otro “Víctima”. Los jugadores observaron cómo “Dictador” compartió una cantidad injusta de dinero (sólo $1 de cada $10) con “Víctima”. Entonces, ellos decidían qué cantidad de su propio dinero darían (a partir de $5) con el fin de igualar la división injusta y redistribuir los fondos de “Dictador” a “Víctima”.

“Encontramos que las personas ejercitadas en la compasión eran más propensas a dar de manera altruista su propio dinero para ayudar a alguien que fue tratado injustamente que los que fueron entrenados en la reevaluación cognitiva”, dice Weng. “Queríamos ver lo que ha cambiado en el interior de los cerebros de las personas que dieron más a alguien en necesidad. ¿Y si están respondiendo ahora al sufrimiento de manera diferente, de qué manera?” pregunta Weng.

El estudio mostró cambios en la estructura cerebral de los participantes de la meditación en la compasión. Utilizando imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI por sus siglas en inglés) antes y después del entrenamiento. En el escáner de fMRI, los participantes vieron imágenes que muestran el sufrimiento humano, como el llanto de un niño o de una víctima de quemaduras, y como generan sentimientos de compasión hacia las personas, utilizando sus habilidades que han sido entrenadas. El grupo control fue expuesto a las mismas imágenes de la resonancia magnética funcional, y se pidió a la refundición de las imágenes de una forma más positiva con la reevaluación cognitiva.

Los investigadores midieron qué tanto había cambiado la cantidad de actividad cerebral desde el principio hasta el final de la capacitación, y encontraron que las personas que se encontraron más altruistas después del entrenamiento compasión fueron los que presentaron la mayor cantidad de cambios en el cerebro al ver el sufrimiento humano. En particular, se ha encontrado que la actividad se incrementó en la corteza parietal inferior, una región implicada en la empatía y la comprensión de los demás.
El entrenamiento en la compasión también aumentó la actividad en la corteza prefrontal dorsolateral y la extensión que se comunicaba con el núcleo accumbens, las regiones del cerebro implicadas en la regulación de las emociones y las emociones positivas.

“La gente parece estar más sensible al sufrimiento de los demás, pero esto es un reto emocional. Ellos aprenden a regular sus emociones para que se acerquen sufrimiento de la gente con cuidado y con ganas de ayudar en vez de alejarse”, explica Weng.
La compasión, al igual que las habilidades físicas y académicas, parece ser algo que no es fijo, sino que se puede mejorar con el entrenamiento y la práctica.
“El hecho de que se observaron alteraciones en la función cerebral después de un total de siete horas de formación es notable”, explica el profesor de Psicología y Psiquiatría, Richard J. Davidson, de la Universidad de Wisconsin-Madison, fundador y presidente del Centro para la Investigación de las Mentes Saludables y autor principal del artículo.
“Hay muchas aplicaciones posibles de este tipo de formación”, dice Davidson. “El entrenamiento de la compasión y la bondad en las escuelas pueden ayudar a los niños a aprender a estar en sintonía con sus propias emociones y las de los demás, lo que puede disminuir el bullying (acoso escolar). El entrenamiento de la compasión también puede beneficiar a las personas que tienen problemas sociales, tales como la ansiedad social o el comportamiento antisocial.”

Weng también está entusiasmada acerca de cómo el entrenamiento de la compasión puede ayudar a la población en general. “Estudiamos los efectos de esta formación con participantes sanos, los cuales demostraron que esto puede ayudar a la persona promedio. Me encantaría que más personas tuvieran acceso al adiestramiento y que lo probaran durante una semana o dos -¿Qué cambios podrían ver en su propias vidas?” Tanto el entrenamiento de la compasión y de la reevaluación están disponibles en la página web (sólo en inglés) del Centro de Investigación de “Healthy Minds”. “Creo que estamos únicamente rascando la superficie de cómo la compassion puede transformer las vidas de las personas” dice Weng.

Otros autores del artículo fueron Andrew S. Fox, Alexander J. Shackman, Diane E. Stodola, Jessica Z. K. Caldwell, Matthew C. Olson y Gregory M. Rogers. El trabajo fue apoyado por fondos de los Institutos Nacionales de Salud, por un premio Hertz al Departamento de Psicología de la Universidad de Wisconsin-Madison, por el Instituto Fetzer, la Fundación John Templeton, la Fundación Impact, la Fundación JW Kluge, la Fundación Insight Mental, el Instituto Mente y Vida, y también por donaciones de Bryant Wanguard, Ralph Robinson, y Keith y Arlene Bronstein.

-Jill Ladwig

Traducido al español por Lorena Wong

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